09 agosto 2012

Cumple 3.0

A LO LARgo de muchos días he sentido que la lejanía de esta fecha me miraba desde lo más recóndito, sin embargo a falta de algunas horas, siento que el agua ya está por hervir, siento que la vida se detiene, me mira, se sorprende quizá que este acá, y yo en medio de todo ese alboroto, me imagino que tengo menos edad y recuerdo, recuerdo cuando aún no llegaba a los 18, cuando no llegaba ni a los 10, y no recuerdo haberme imaginado, estar en la puerta de los 30, son muchos días, muchas horas, muchas experiencias, muchas salida, mucha lectura, aunque quizá deba cambiar la palabra “mucha” por “las justas”, creo que eso suena mejor, en realidad no sé muy bien cómo comenzó esta historia, algo sé, es cierto como que mi padre se enamoró perdidamente de mi madre, como la visitaba con frecuencia, como me pusieron un solo nombre, como llegue a Lima, como empecé a jugar futbol, hay muchos recuerdos e historias que se alojan en el baúl de los recuerdos, aunque para ser sincero baúl no tengo, será mejor decir, en el cajón de los recuerdos.


Ahora que la vida me serenado, creo que no hay nada imposible, que todo depende de uno mismo, de la actitud, que los años son un cumulo de experiencias, y que hasta de lo malo uno debiera aprender, aprendí a golpes, a tropiezos, con lágrimas en los ojos, con pérdidas afectivas y materiales, soñé con alcanzar a rozar el cielo y llegue, hoy siento que la calma, la paz y la tranquilidad viven en mí, no quiero que esto suene a poesía o canción de amor, pero mis dedos conjugan todas estas letras y eso es lo que escribo, ahora veo el camino por el cual voy a transitar, un nuevo trabajo, nuevas ilusiones, la familia propia, estrechar los lazos, vivir feliz, comer, reír, llorar, jugar, dormir, leer, cantar, respirar… todo eso que hice antes, lo quiero seguir haciendo hoy, llegan los 30 y con ellos yo me voy a continuar esta historia, mi historia.

Quiero ya para terminar agradecer a todos los que me han leído en alguna oportunidad, los que no lo han hecho y es la primera vez también, gracias por el tiempo.

11 abril 2012

LA MUERTE DE LOS JUGUETES



HACE ALGÚN TIEempo te quise, hace algunos años seque las lágrimas de mi ser en llantos profundos, deje marcas de piel en las paredes contra las que me arroje, quebré mis huesos en un intento desesperado porque me escuches, el sereno llego y en mis manos líneas rojas señalaban el fin del día y del sufrimiento.

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Encallado en la terraza contemplaba los días, las noches, el paso del reloj que dibujaba una especia de hipnosis con sus agujas y sonidos, la gente paseaba por las calles y a los lejos los niños invadían los parques buscando quien sabe qué, pero que los adultos reconocemos cuando los vemos sonreír y sentarse a nuestro lado con la respiración agitada y el sudor recorriendo sus rostros, esos últimos días me la pase metido en la pijama, descalzo, desalineado, esperando quizá la muerte, sabía que eso era lo único de lo que los seres humanos estamos seguros y es quizá lo único que va a llegar de todas formas, pero antes quería dejar un inventario de mis pertenecías así que con más obligación que deseo, decidí poner todo en orden, me propuse empezar la semana que iniciaba, total faltaban 3 días, pero la semana llego y nunca empecé, comprobé que no lo haría, así que decidí hacerlo sin planes de por medio, un día me encontraba contando los cubiertos, y a la semana siguiente, haciendo el inventario de los focos de la casa, algunas tareas realmente eran inútiles, como por ejemplo ¿Cuántos lapiceros estaban entre mis pertenencias?, alguien podría alegrarse de que se le heredara unos lapiceros… aún así continúe con mis tareas. Tres meses después me di cuenta que no progresaba, que los papeles estaban amarillo como mi ánimo.

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Seis meses después la idea volvió a abrazarme, quizá porque en sueños recordé la palabras de Jimena –!Nunca terminas nada, eres un bueno para nada¡-, eso y mi aburrimiento me empujo por segunda vez a terminar la tarea, así me comprometí a demostrarme a mí mismo que esas palabras no tenían ningún sustento lógico, así me lo dijo alguna vez mi psicóloga, contrasta la realidad y descubre si es cierto lo que tus pensamientos te dicen, la semana me parecía larga a medida que avanzaba, esta vez el ritmo se había instalado y una sonrisa empezaba a dibujarse en mi adusto rostro.

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Semana tras semana, apuntalaba en papeles los registros exactos de mis pertenencias, un día en el cuarto último de la casa, encontré una caja con un montón de juguetes, algunos viejos, otros rotos, otros absolutamente nuevos, los sostuve entre mis manos, estaban inertes, inmóviles, me imaginaba que así deberíamos vernos si algún gigante viniera y nos encontrara dormidos, seguro nos tomaría entre sus enormes dedos y entendería que éramos juguetes, muertos, privados de alma, me escape de tanta muerte y los deje en el piso.

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El humo del cigarrillo disipaba mis penas y me daba una mano a la libertad, en cada bocanada de humo que subía, sentía que se iba parte de mi con él, que juntos nos fundíamos con el aire, con el mundo, con el universos.


En las noches repasaba mis progresos, nuevamente la modorra y la apatía invadían la casa y no había forma de huir de ella, nuevamente me aplaste en el sillón de la terraza y contemplaba todos los días, durante la noche, esa extraña forma de morir que tenía por ejemplo el mundo, contemplábamos muertes de día, justamente todos los días, en mi cabeza avanzaban pasajes de historia y leyendas greco romanas, asiáticas, sobre dioses, héroes, muerte, vida, inmortalidad, y nuevamente los juguetes llegaban a mi cabeza, quizá esa fuese también una forma de inmortalidad, el sueño eterno, la ausencia de movimiento, quizá así vivíamos más, por eso los objetos no perecen nunca, no se mueven, no se desplazan, no gastan energías inútiles, como cuando íbamos a visitar a mi suegra, todos los fines de semana, veladas aburridas, insensibles, insostenibles, o tener que ir al banco, al cajero, en busca de papel, que nos permita realizar transacciones, creyendo que ese papel con números tiene algún valor, quizá se pueda evitar la muerte apelando a la ausencia de movimiento, me embarque en comprobar mi hipótesis, me deje dormir días, apelando a pastillas, remedios, rituales, pero al cabo de unos meses abandone esta nueva empresa, mis desorientaciones, me perdida de sentido del tiempo y demás de estaban jugando una mala pasada, baje de peso, me dolían las articulaciones, el médico me dijo que dejara mis obsesiones y que para comenzar me deshiciera de aquellas cosas que me hacían vivir atado al pasado, empecé por tomar la caja de juguetes y llevarla al parque, con un letrero encima que rezaba –SE REGALAN JUGUETES- la primera semana nadie se acercó pensó que quizá era algún truco, cámara escondida, broma pesada o que ese supuesto regalo acarreaba algún favor o pago condicional, al cabo de dos semanas se me acerco un niño, que le pidió permiso a su padre para tomar un juguete, con su venia tomo un carrito al que le faltaba una rueda y alegre se lo llevo, luego vino otro y otro, al final los juguetes, sí, aquellos que dormían el sueño eterno, cobraron vida y tranzaron bromas, juegos, con los niños que los disfrutaban y que dirigían sus destinos, los carritos pusieron en marcha sus motores, los soldados volvieron a revivir épicas batallas y los demás aceptaron su destino con alegría, entendí que la vida se debe al movimiento, a no dejarse aplastar en un rincón y olvidarse del mundo, encerrado en el silencio, un niño se sentó a mi lado empapado de sudor, en su rostro se dibujaba una sonrisa y en mi cara renacía la vida, la del movimiento infinito.
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Escrito en Lima, 11 de Abril de 2012

31 diciembre 2011

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Esos ojos me habían mirado desde hacia mucho, fuimos felices es cierto, pero ya no más, ya no gozaría de esos labios llenos de amores pasados, había llegado la despedida aunque paradójicamente llegaba el estío que se traducía en sol, en mañanas llenas de amaneceres luminosos, en los que la lluvia había cedido el paso a palomas y tórtolas que revoloteaban por la Av. Pardo, mientras los transeúntes se desdibujan y calmaban su sed entre bodegas incondicionales.

La noche me encontró en el malecón mientras Max, mi schnauzer, daba vueltas como un trompo pasivo y alejado de mi soledad y digo soledad porque las cosas deben tener un nombre, dónde estaría Ana en este momento, en quién pensaría, la alegría se alejaba aún mas del malecón para dar paso a la melancolía, cuantas tardes habíamos sido dueños de esos parques, cuantos besos nos dimos como locos afiebrados y despreocupados, la vida me alejo de ella o fui yo el que contribuí con mis errores, pues pedí perdón muchas veces al no poder disimular mis celos.

A veces Kamila venia a la casa y me encontraba entre mis libros, leyendo a Ribeyro y fumando unos cigarrillos a manera de gratitud hacia el forjador de mi pasión por los cuentos.

"Hasta cuando vas a estar así. Así es la vida" -Me dijo.

Efectivamente, Kamila y yo sabíamos que la vida era así, pero por qué tenia que ser así conmigo, si yo no le hice daño a nadie nunca, la plática sugirió una caminata y la noche interminable y calurosa nos invito a recorrer la playa, íbamos dejando huellas sobre la arena, pasajeras, como los recuerdos gratos de momentos que ya no volverán, muy adelante iba Max, más retrasados Kamila y al final Yo, durante un rato me percate que sus labios dibujaban algo en el aire, la veía fruncir el ceño y mover las manos de un lado al otro pero poco comprendía, luego de un rato interminable asentí con la cabeza esperando que no preguntara nada acerca de lo que había dicho pues en el fondo no tenia ni la menor idea, a mi solo me importaba Ana y lo demás al diablo.

La gente dice y quién sabe con razón que la vida es un camino lleno de muchos otros, que nos cruzamos con los ajenos a cada instante, y a veces sin permiso y no se si mientan, pero en mi camino estaba Ana, hasta que decidió abandonarme por razones que nunca explico y que yo nunca pregunte, en el fondo me había decepcionado irremediablemente.

Si decía que esos ojos (azules, profundos y encantadores) me había mirado desde antes es porque así fue, ambos ingresamos a la universidad en el mismo año, diré a mi favor que mis ojos también la habían buscado en interminables días de trabajos, exposiciones, exámenes y algo de sueño, en las que trate de aproximarme y acariciar al menos sus dedos, aferrarme a su fragancia, pero eso no se daría hasta después, algunos años después.

El tercer año de la universidad, coincidentemente, me había dejado en la absoluta infelicidad, con mis padres viviendo en Europa y una hermana que poco a poco fue dejando la casa y mi vida aún más vacía, sin embargo hay que reconocer que Kamila siempre fue independiente, algunas veces nos pasábamos las tardes conversando sobre esas peleas de niños, tirados en los muebles sin decirnos nada, tirándonos papeles que arrancábamos y doblábamos con mucho esmero buscando no fallar en el intento de atinarle al otro, o recordando cuando jugábamos carnavales en medio del jardín, pisoteando los geranios y arrancando la mala hierva para lanzarla sobre alguien mas, creo que si no morí fue porque mi hermana no lo hubiera permitido a pesar de nuestras diferencias.

Sin embargo, una mujer llego y mi vida cambio, recuerdo que fue una tarde en que la mensajería asalto mi puerta con un paquete desde Madrid, en ella mi padre al finalizar una extensa y sentida carta me decía a tono de reflexión "la vida es el paso más grande que daremos una sola vez, por eso hay que levantar bien el pie y asentarlo con coraje", además de la carta había algo de dinero, un libro de Ribeyro, la compilación absoluta de todos sus cuentos, y una camisa, debo añadir que en realidad no entendía quién había inventado las camisas si los polos son más cómodos y dan mayor libertad. Llegue a la Universidad con un poco de retraso, con sueño y con la camisa puesta, me sentía demasiado extraño en medio de un mar de miradas curiosas y frases etéreas que no llegaba a comprender, pero desde el fondo Ana sonreía cómplice del espíritu festivo del salón, y fueron sus ojos los que me apartaron por un instante del mundo y ahí me hubiera quedado si el profesor al dar un golpe en la carpeta no me hubiera invitado a ocupar un sitio, curiosamente había uno vacio junto a Ana, no recuerdo muy bien sobre que verso la clase de ese día, pero podría describir indiscutible y sin temor a equivocarme como iba vestida Ana aquella tarde.

Desde entonces le encontré una insana y grata satisfacción al hecho de usar camisa, había algo en la mirada de las chicas que ayudo a inclinar mis preferencia por un ropero atiborrado de camisas a cuadros, con rayas, de color entero, de vestir, aún así mis ojos solo buscaban los de mi amada, el resto en verdad nunca importo y eso no lo cambiarían los años ni mi analista.

Habíamos explorado todos los rincones de la Universidad, prohibidos para los alumnos, y habíamos regado nuestro amor y calmado ese deseo carnal por todas partes, aún así no tenia la respuesta al por qué estábamos juntos, ni menos cómo comenzamos a compartir nuestros días, de pronto nos encontrábamos caminando, tomados de la mano por las calles del centro de la ciudad, a veces me sorprendía regalándome un disco de Rock Británico o con alguna burda imitación de uno de los cuadros de Dalí que tanto me fascinaban, las llamadas se hicieron más frecuentes entre nosotros y de ser solo Ana paso a convertirse en mi enamorada oficial.

Largas tardes acompañaron nuestros momentos más llenos de felicidad y aunque esta es pasajera, se detuvo entre nosotros por un buen tiempo, mientras yo hacia planes para nuestro futuro y ella sonreía con cada broma sin sentido que salía de mis labios.

Pero como todo en la vida, nuestro amor se desgasto, los discos me parecieron mierda y Dalí no era más ese pintor surrealista que años antes pintaba sus cuadros con mis afligidas confusiones. Las llamadas se volvieron aburridas, eternamente largas, ya no andábamos juntos, el trabajo nos llevaba por caminos distintos y hasta había olvidado aquel lunar que Ana llevaba sobre el hombro.

Kamila llego una tarde de Octubre, frio, impío, distante y me encontró discutiendo en medio de un mar de papeles indescriptibles, con el ímpetu a flor de piel y sin rastros de equilibrio mental, nos llevo a los dos fuera, discutí con ella también porque pensé que no debería meterse en nuestros problemas, aún así me tranquilice y la escuche. Mi hermana nos conto una vieja historia que en realidad ni ella misma pudo explicar dónde, cuándo y bajo que circunstancias escucho, la historia duro algunos minutos y terminaba con una frase que aquí mismo suelo repetirme, “…a veces la mejor manera de demostrar el amor que se siente por el otro, es dejándolo ir”, Kami se levanto y nos dejo como al comienzo, la noche se introdujo por la sala y así nos despedimos para siempre. Ana tiro la puerta y yo me quede en medio del caos, como rey absoluto.

Ese mismo año deje la administración y me cambie a la facultad de literatura, creí haber descubierto una vocación de escritor en mi y me inicie en la publicación de algunos manuscritos que nacieron casi de la nada y que rápidamente alcanzaron notoriedad en la facultad, prontamente el vacio de mi corazón se lleno de entrevistas, firmas, viajes al interior de país, presentaciones en librerías, conferencias, los días viajaban a una velocidad acelerada aunque el amor no estaba en mi agenda.

Ana me llamo un día de marzo y me dijo que necesitaba hablar conmigo, asumí que no habría ningún problema y no citamos en el malecón a las seis de la tarde, llegue puntual, afeitado y con una camisa a rayas de esas que tanto le gustaban, en el camino compre una rosa blanca, cuando llegue la encontré radiante, envuelta en una sonrisa infinita, a lo lejos una niña jugaba tras la sombra de una mariposa, y era el vivo retrato de su madre, me senté junto a ella, conversamos de todo y de todos estos años sin vernos, me sentía un adolescente junto a ella, me conto que se había casado, que vivía en Barcelona, que no era feliz, que algunos días me recordó y luego sus ojos se llenaron de lagrimas, su rostro se desdibujo y me abrazo, al oído me dijo que me extrañaba, que nunca había querido hacerme daño, la bese en la frente, le dije que nuestra historia era pasada, que ya no podíamos hacer nada y le conté que era escritor, que estaba solo, que las noches eran aún mas largas y solitarias desde que ella se había ido, no llore pero ganas tenia, le regale un ejemplar de mi ultima publicación y me despedí una vez más de ella, repitiéndome que esa sería la ultima vez que nos veríamos…

Mientras avanzaba, al voltear vi sus ojos que me miraban y era cierto, me miraban desde hacia mucho tiempo, como cuando me miraba y no podía decir que no a sus caprichos, a sus demandas, varias veces me había convencido con esa mirada, pero ya no, nunca más y disfrute de ese momento, camine en dirección contraria al humo del cigarrillo que fumaba, apreté contra con mi pecho un libro de Kafka y sonreí.

Escrito en Lima, 23 de enero de 2008